Ben y Jane – Octava Parte

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– ¿Dó… Dónde estoy?  Au… Me duele…

Clarice y Ben se miraron asombrados y felices. No parecía haber secuelas, al menos en el habla.

– Jane, hija mía… Cariño, estás en el hospital. Tuviste un accidente… ¿lo recuerdas?

Jane estaba todavía medio grogui por la anestesia, las imágenes en su mente eran borrosas. Aunque el dolor le recordaba que sí, que algo le había pasado.

– Mmm… Creo que… El coche no frenó… ¡Ben! ¿Dónde…? – Le buscó con la mirada, le encontró y se sonrieron.

– Hola, cabezota – Ben no podía contener la emoción, y se le escapó alguna lagrimilla al ver que Jane estaba bien.

– ¡Mi Bennie! Lo siento, lo siento, lo siento… – Ben se había acercado a la cama y Jane le besaba el dorso de la mano repetidamente, con cada “lo siento”.

– Eh, eh, tranquila. No tienes que preocuparte por eso ahora. Te has llevado un buen golpe, pensamos que te ibas a quedar más tonta todavía… – Ben sacó la lengua y Jane dejó de besarle la mano y le pegó un puñetazo en el brazo.

– Mamá, ¿cómo habéis venido? ¿Está daddy? ¿Cuánto llevo aquí?

– Jane, cariño, tu padre y yo hemos venido en el primer vuelo. Llevas aquí algo más de dos días. Estamos muy felices de que estés bien.

En ese momento entró en la habitación el médico, para reconocer a Jane. Le evaluó la respuesta ocular, le auscultó el pecho, le revisó las grapas… Todo parecía en orden.

– Bueno, parece que te quieren bien ahí arriba. Todo está normal, Jane. Deberíamos de poder darte el alta mañana. Vamos a repetirte unas pruebas por si acaso, pero parece que todo está perfectamente – dijo el médico.

– Bueno, perfectamente… Me duele – miró a Ben, cómplice.

– Anda, quejica, para lo que te podría haber pasado… -Ben le siguió el juego.

– Voy a salir para que puedan ir pasando el resto – dijo Clarice, siempre pendiente de todo y de todos.

– ¿El resto? ¿Pero cuánta gente ha venido a verme? – se sorprendió Jane.

– Ahora lo verás… Vas a tener tiempo de verles a todos – Clarice dio un beso en la frente a su hija y salió de la habitación.

Las siguientes dos horas transcurrieron muy rápido en comparación con cómo se habían hecho eternas en los días anteriores. Amigos, conocidos y familiares se acercaron a ver cómo se encontraba Jane, y muchos de ellos, de paso, saludaban a Ben. Pasaron el día repitiendo lo mismo una y otra vez: “Jane salió corriendo detrás de Ben, no miró al cruzar, el semáforo estaba rojo, el conductor se dio a la fuga, tenía dos costillas rotas, una perforación en el bazo, perdió mucha sangre, menos mal que Ben le dio la suya, la operación fue bien, pensábamos que se iba a quedar mal”… Por suerte todo volvía a la normalidad. Rieron, recordaron anécdotas pasadas… Solo había sido un susto. Una prueba de fe, y al parecer Ben y Jane la habían pasado con matrícula de honor.

Cuando casi todos se marcharon a sus casas y los padres de Jane fueron a la cafetería a comer algo para cenar, Ben y Jane por fin se quedaron a solas.

– Llevo todo el día deseando que nos quedemos solos para decírtelo… – Ben estaba nervioso y feliz al mismo tiempo.

– ¡Lo siento tanto, Ben! No debí darle tanta importancia… Si no hubiera sido tan dramática nada de esto habría pasado. Lamento mucho el mal rato que te he hecho pasar – Jane se culpabilizaba de todo lo ocurrido.

– Cielo, no debes pensar así. Yo también te presioné sin darme cuenta, pero no pensemos en ello ahora. Lo que llevo todo el día queriendo decirte es que te quiero demasiado como para permitir que nada ni nadie me separe de ti. Y que tienes razón, más de lo que piensas. Creo firmemente que esta experiencia nos ha unido aún más si cabe, y que nos ha enseñado que en cualquier momento puede no haber un futuro, así que no debemos preocuparnos por el mañana. Solo por el hoy, por el ahora. Te quiero Jane.

– Ben… La próxima vez no pienso dejar que me atropelle un coche para que me des la razón – Jane sonreía feliz. Quería a Ben más que nunca- . Yo también te quiero.

FIN

 

 

 

Ben y Jane – Séptima parte

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La espera

 

Mientras Ben estaba tomándose el café, pensaba en cómo había sucedido todo, en lo absurdo y desconcertante que le parecía lo que estaba viviendo.

Recordaba cómo había conocido a Jane, hacía poco más de un año. Por aquel entonces los dos vivían en Madrid. Ben había decidido apuntarse a alemán porque llevaba mucho tiempo sin encontrar trabajo, a pesar de su formación como ingeniero aeronáutico, y se había planteado la posibilidad de emigrar a tierras de la Merkel.

En clase, él iba a lo suyo. Lo único que quería era aprender el idioma cuanto antes para poder largarse de España. Su padre había muerto cuando era pequeño, y la relación con su madre estaba algo deteriorada; no tenía nada que le atara a quedarse, por lo que su intención era marcharse a Munich o alrededores en busca de trabajo y quizá quedarse para siempre.

Pero entonces apareció Jane. La primera vez que la vio le pareció que era la perroflauta más guapa que había visto. No era espectacular, ni un pibón, pero a Ben le pareció de lo más encantadora. Sus ojos verdes, su pelo castaño recogido en un moño a medio hacer y atado desordenadamente con un pañuelo naranja, sus pantalones de ‘Aladdín’… Por azares del destino, se tuvieron que sentar juntos en clase. Empezaron a hablar, a conocerse, a reírse de las mismas cosas… Más tarde empezaron las miradas, los coqueteos, los ich liebe dich dichos en broma, pero que algo de verdad encerraban… Y acabaron siendo inseparables. Es cierto que un año no era mucho tiempo (para la mayoría de la gente), pero tenían una química, una complicidad y una sincronización perfectas cuando estaban juntos;  estaban convencidos de que eran almas gemelas. Se complementaban, encajaban como en un puzle. Y se querían. Se querían tanto que hasta dolía. No imaginaban la vida sin el otro.

 

Una enfermera pasó con el carro de las comidas, distrayendo a Ben de sus pensamientos y devolviéndolo al mundo real.

– Qué largo se me está haciendo… ¿Cuánto más puede tardar en despertarse?

– Tengo entendido que normalmente te despiertas en dos horas… Aunque puedes tardar más – Adrián, amigo común de Ben y Jane, se había sentado frente a Ben – ¿Estás bien?

– Sí, tranqui. El café me ha venido bien. Joder, espero que se despierte pronto. Y que no tenga secuelas.

– Ya verás como todo sale bien. Jane es fuerte. Ten fe, tío.

– Sí, fe… A ver si sirve de algo.

 

Clarice, la madre de Jane, apareció corriendo destartalada por el pasillo.

– ¡Chicos! ¡Ha abierto los ojos! ¡Está despierta!

Si el hospital hubiera estado a oscuras, la cara de Ben habría servido para iluminar, al menos, toda la planta. ¿De verdad serviría eso de tener fe?

— Continuará —

 

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Ben y Jane – Sexta Parte

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En el hospital

El cirujano se dirigió a Ben. Los padres de Jane aún no habían llegado, y por el momento no había nadie más.

– Ha perdido mucha sangre. Tiene dos costillas rotas, y una de ellas le ha perforado parte del bazo. Intentaremos solucionarlo, por suerte la lesión no es muy grande. Tenemos que actuar rápido para salvarla, esa lesión le causa la hemorragia tan grande que tiene, y tenemos que pararla. ¿Qué tipo sanguíneo eres?

– ¡Menos mal, hay algo que puedo hacer! Soy 0 negativo, y donante desde hace dos años.

– Sí, es una suerte. Ve con la enfermera, te llevará a la sala de donaciones. Come algo cuando termines. Haremos todo lo que podamos para salvar a tu novia.

– Eso espero. Devuélvanmela, por favor.

La espera se hizo eterna. Ben donó toda la sangre que le dejaron, comió lo que le cupo en el estómago, avisó a sus padres de que no iba a estar en Madrid tan pronto como había planeado… Estuvo hablando con amigos comunes de Jane y de él, para comentarles lo sucedido. Algunos de ellos fueron al hospital para ver cómo estaba.

Llegaron también los padres de Jane, asustados, conmocionados, haciendo mil preguntas. Ben repetía una y otra vez, a cada persona que le preguntaba, lo que le había dicho el médico: “Ha perdido mucha sangre… Tiene un par de costillas rotas y una fisura en el bazo… La están operando… La atropelló un coche… No lo sé, yo no estaba…”.

Llegó un punto en el que le pareció estar viéndolo todo desde fuera, como espectador. Como si estuviera recitando un guión y ya ni siquiera lo pensara.

Tras larguísimas horas (Ben había perdido ya la cuenta) salió de nuevo el cirujano, esta vez dirigiéndose también a las nuevas caras.

– Hemos podido contener la hemorragia. La lesión del bazo era menor de lo que creíamos, así que hemos podido repararla con relativa facilidad. Hemos tenido que quitarle a Jane una de las costillas, estaba muy fracturada y algunos trozos de hueso podrían desprenderse y causar más daños. Pero no es grave, y la otra costilla no estaba apenas fracturada, así que hemos podido dejarla completamente estable.

– ¿Estable? Eso es bueno, ¿no?

– Sí, es bueno. Gracias a ti hemos podido transfundirle la sangre que necesitaba. Has sido de gran ayuda – sin embargo la cara del cirujano no era de total alivio como Ben esperaba.

– ¿Hay más? – El resto empezaban a ponerse nerviosos.

– ¡¿Qué más le pasa a mi hija?! – Intervino la madre de Jane.

– Aunque hayamos podido transfundirle mucha sangre, perdió bastante y durante algún tiempo, le faltó oxígeno al cerebro. Puede que haya secuelas, no lo sabemos. Hay que esperar a que despierte para valorar los daños.

– Está diciendo que puede que tenga… ¿Daños cerebrales? – el padre de Jane estaba conmocionado.

– No tiene por qué, pero… Hay probabilidades. Como ya les he dicho, hay que esperar a que despierte.

– No me lo puedo creer. No… Jane… ¡Mierda! Hay… ¿Hay algo que se pueda hacer? – Ben estaba a punto de derrumbarse. Primero alivio y después…

– De momento vamos a esperar, ¿vale? Vamos a ver cómo evoluciona. Les recomiendo descanso. Les avisaremos en cuanto despierte.

– Yo me quedo. No pienso irme a ninguna parte.

– Ben, llevas aquí todo el día, te vendrá bien dormir. – a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, la madre de Jane tenía cariño a Ben.

– No, me quedo. Ya descansaré luego. Además, no quiero ir al apartamento sin ella.

– Entiendo. Voy a por un café, te vendrá bien.

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— Continuará…–

Ben y Jane – Quinta Parte

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Viernes. Las cinco de la tarde. El sol continúa estando alto. La oficina sumida en un incesante murmullo, teléfonos sonando sin parar.

Riiiing…. Riiiing…

– Emergencias, le atiende Lourdes. ¿En qué puedo ayudarle?

– Hola… Necesito… Una ambulancia… Corran…

– Cálmese, señor. ¿Dónde se encuentra?

– En la carretera… Hay mucha… ¡SANGRE!… Por favor, ¡¡tienen que ayudarla!!

– Señor, tranquilícese. Si no me indica una dirección exacta, no puedo ayudarle.

– Universidad… En la Universidad de Barcelona… Cerca… Balmes. Carrer de Balmes. Calle… ¡¿Pueden venir ya, por favor?! Se desangra…

– De acuerdo, le envío una ambulancia a la calle Balmes. ¿Altura?

– Joder, altura… ¡¡La Universidad!! Eeeh… El.. Disculpe, ¿qué altura de la calle es esta? El cruce… Claro. Sí.  ¿Señorita? En el cruce con la GRAN VÍA. Gran Via de les Corts Catalanes.

– Perfecto, no se mueva de ahí, enseguida llegará la ambulancia.

– Vale… Adiós.

 

Ben era presa de la desesperación. Un amasijo de nervios, miedo, impotencia, culpa… No sabía qué hacer. El conductor del coche que había atropellado a Jane se había ido sin dejar rastro. Bueno, un rastro sí dejó. La sangre de Jane esparcida por el pavimento.

– Jane, ¿me oyes? Quédate conmigo, por favor. ¡¡NO TE VAYAS!! Por favor, ¡¡sigue conmigo!!

Jane estaba empezando a palidecer severamente. Respiraba con dificultad, había perdido mucha sangre… Y tenía magulladuras por todas partes.

Había intentado volver. Quería disculparse con Ben, se había portado de forma ¡TAN infantil! No quería atarse tan pronto, pero tampoco era para ponerse así… ¿En qué estaba pensando? Después de darse cuenta, intentó localizarlo, pero ya no le veía. Salió corriendo en dirección a la estación, pero no llegó muy lejos. No miró antes de cruzar, el semáforo estaba rojo y… Al coche no le dio tiempo a frenar. Dio dos volteretas antes de caer al suelo. Se llevó todo el impacto en el lado izquierdo, seguro que tenía dos o tres costillas rotas… Y el bazo destrozado. El conductor, presa del pánico por ser inmigrante sin papeles, ni siquiera miró atrás.

– Jane… – Ben la miraba implorando que sobreviviera. No sabría qué hacer sin ella.

Llega la ambulancia. Un grupo de gente baja con una camilla, equipos de reanimación, mascarillas de oxígeno…

– Aparte, señor. ¿Es ella la herida?

– Sí… Claro… ¡¿Ve más heridos por aquí?! – Ben estaba que no cabía en sí de ira.

– Señor, está en shock. Apártese, por favor. Vamos a trasladar a su amiga al hospital. Haremos lo que podamos.

– Me da igual lo que tengan que hacerle. Cúrenla, por favor. ¡Devuélvanmela!

– Señor, lo intentaremos. ¿Es familiar suyo? ¿Cómo se llama?

– Se llama Jane… Jane Conwell- Como le preguntaran su segundo nombre lo llevaba claro… No lo sabía. – Es… Es mi novia.

– No sois de aquí, ¿verdad? – el conductor de la ambulancia se compadecía del chico. Quería ayudarle.

– No… Ella nació en Florida, aunque ha estado toda la vida en Madrid. Sus padres se mudaron cuando ella era muy pequeña. Yo soy de Madrid, nos conocimos en clase de alemán.

– ¿Sabes si sus padres están allí?

– No… Pero puedo intentar llamarles. Cogeré el móvil de Jane.

– Bien. Y tú… ¿Cómo te llamas?

– Ben.

– De acuerdo, Ben. Monta en la ambulancia, vendrás con ella. Llama a sus padres de camino. Intenta que no se alarmen demasiado.

– Pfff… Sí… Ya… Gracias, señor. Disculpe que les gritara… Antes. Estoy muy nervioso… Y desesperado. Quiero que viva – decía Ben mientras se sentaba.

– Por supuesto que sí, es comprensible. Haremos lo que podamos. El hospital está cerca, y hay muy buenos médicos – el conductor era un hombre verdaderamente optimista.

– Espero que todo salga bien – Ben, pasado el momento adrenalina, se derrumbó. Cogió su rostro entre sus manos, apoyó los codos en sus rodillas, y se deshizo en lágrimas.

Al rato, cogió el móvil de Jane. Contactos… Dad… Llamar.

– ¿Sí?

– ¿Señor Conwell? Soy Ben, el… el novio de Jane. Esto… Verá…

– ¿Está bien Jane? ¡¿Se encuentra bien?!

– No, señor. Jane ha … sufrido un accidente. Tienen que venir a Barcelona. Cuando sepa más, les volveré a llamar.

– ¡Dios mío! No puede ser, ¡hablé con ella esta misma mañana! ¡Clarice! Coge tus cosas, nos vamos a Barcelona. Eh… Gracias, muchacho. Ben, ¿verdad? Saldremos para allá en el primer vuelo. Infórmanos, por favor.¡Clarice! – Y colgó.

Ben suspiró y volvió a derrumbarse. Esta vez, hasta que llegaron al hospital.

 

— Continuará—

 

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Ben y Jane – Cuarta Parte

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Ben caminaba pesaroso hacia la estación. Cansado de esperar a que Jane se decidiera a hablarle, emprendió la marcha hacia el tren para volverse a Madrid. Se preguntaba por qué había salido de allí, y agradecía haber caído en coger su mochila cuando salieron. Si no lo hubiera hecho tendría que haber vuelto con Jane, y habría sido peor.

En el camino se cruzó con una gitana que le ofreció leerle la buenaventura a cambio de algo de comer para su nieto. Ben, conmovido, le ofreció uno de los bocadillos que llevaba en la mochila, y le dijo a la gitana que no hacía falta que le leyera nada (Ben siempre había sido muy escéptico).

– Déjame que lo haga, anda. Me has caído bien – decía la gitana.

– En serio, no es necesario. Creo que el futuro se lo labra cada uno, con sus propias decisiones.

– Ah, pero veo algo de tu compañera también…

Eso despertó curiosidad, o morbo, o… Algo en Ben. Quería saber lo que la gitana iba a decirle, aunque luego no la creyera.

– Va, dime.

– Gracias. Eres mejor persona de lo que quieres hacer creer a la gente – le dijo la gitana, agradecida.

– Ahórratelo, cuéntame qué ves.

– Veamos… Veo un coche… Veo dolor…confusión… Alguien sale corriendo. Veo una chica en el suelo, en la carretera. ¿Tu novia lleva unas zapatillas azules?

Ben palideció de inmediato. No creyó que las palabras de la gitana le provocaran tal angustia. No quería creerla, él no creía en esas cosas. Por el amor de Dios, ¡era una impostora! Sin embargo, de alguna forma, Ben supo que algo iba mal. No sabía realmente qué, pero sentía que pasaba algo, y se temía lo peor. Y lo de las zapatillas… Demasiada casualidad. Deseó no haberle dicho aquello… Maldita sea, ¡si fue una gilipollez! ¡Una frase sacada de contexto! ¿Cómo podía semejante chorrada desencadenar todo esto?

Ben dio las gracias y el bocadillo a la gitana, y se fue corriendo de vuelta a la universidad. Con suerte Jane seguiría en el mismo sitio en el que la dejó… O eso esperaba.

Con el corazón a mil por hora y sin aliento, miró alrededor, buscándola. ¡No estaba! La llamó. No respondía, saltaba el contestador. La angustia y el pánico se apoderaban de él. Volvió a mirar, escrutando concienzudamente los lugares en los que podía estar. Cada arbusto, cada rincón. Se encaramó a un saliente que había rodeando a una de las farolas del patio, con la esperanza de que desde más alto pudiera ver algo que se le hubiera escapado. Buscó, buscó y siguió buscando, al tiempo que la llamaba. La desesperación se volvió insoportable.

Y de repente, en una de las llamadas, poniendo mucha atención, consiguió oir vibrar su móvil. Se giró en la dirección de la que provenía el zumbido, cerca de la carretera. Conforme se acercaba, su ansiedad crecía más y más. Hasta que vio sus zapatillas. Entonces, presa del pánico, echó a correr, mientras llamaba a emergencias.

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Ben y Jane – Tercera Parte

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Tras la pequeña “diferencia de opiniones”, Jane sintió que algo dentro de ella se helaba. Como si una parte de ese amor incondicional que sentía por Ben, se congelase al escuchar las palabras “te guste o no”. Denotaba posesión por parte de Ben, y no le daba buena espina.

Jane era un alma libre. Odiaba pensar en el futuro, las imposiciones, sentirse atada u oprimida. Era impulsiva, quizá demasiado, pero no iba a cambiar por nada del mundo. Y ese comentario de Ben, ese “te guste o no”, le había hecho sentirse agobiada. Y vulnerable. Y no le gustaba nada esa sensación. Un sentimiento de congoja se instauró en su corazón, oprimiéndole el pecho e impidiéndole respirar con normalidad.

– ¿Estás bien? – preguntó Ben, preocupado, al ver que el rostro de Jane estaba algo congestionado.

– Sí… Bueno, en realidad, no. No me siento cómoda contigo ahora mismo. – Jane no podía, ni quería, ocultar su malestar.

– ¿Pero qué…? ¡Vamos! – Ben no daba crédito a la reacción de Jane – Solo estoy diciendo que … Bueno, alguna vez habrá que plantearse qué vamos a hacer con nuestras vidas. No he pretendido incomodarte ni ofenderte en ningún momento. Lo siento, Jane.

Pero a Jane ya se le había helado algo por dentro…

– No sé, Ben. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Un año, si es que llega? Y ya me estás diciendo lo que tengo que hacer, me estás agobiando con el futuro, y con el “nosotros”, y… No sé si estoy preparada para esto. No sé si quiero que cuando llevemos juntos más tiempo, este tipo de cosas se conviertan en habituales. No quiero vivir agobiada por el futuro. Ni tener que saber lo que voy a hacer dentro de dos, cuatro o los años que sea. Déjame espacio, Ben. Te lo pido por favor.

Ben se quedó de piedra. Nunca habría imaginado que ese comentario fuera capaz de desencadenar tal paranoia en Jane. ¿”Déjame espacio”? Estaba alucinando. Simplemente alucinando.

– Como quieras, Jane. No quiero agobiarte. No quiero que esto termine… Te quiero. Y quiero lo mejor para ti. Quédate con eso.

Ben se alejó sin saber muy bien qué hacer, si volver al piso de Jane, permanecer a la deriva, o ir hacia la estación y pedir un billete de vuelta a Madrid.

Jane, por su parte, estaba hecha un mar de dudas. Quería a Ben, pero no le gustaba un pelo ese atisbo de ser posesivo que había visto en él, ya no le veía con los mismos ojos… Quizá el espacio le hiciera ver las cosas con más claridad. Quizá se diera cuenta de que había exagerado, de que no era para tanto, y de que quedaría todo en una anécdota que recordarían cuando fueran viejos.

 

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— Continuará —

 

¿Cómo quieres que continúe la historia? Puedes dejar tus comentarios aquí abajo. ¡Nos vemos el domingo que viene!

 

Ben y Jane – Segunda Parte

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En Barcelona

Jane había salido a visitar el Parc Güell. Era una de las obras de Gaudí que más le gustaban, porque no se trataba de “un cuadro” o de “una escultura”. Sus obras estaban repartidas por todo el parque. Un parque entero dedicado a un señor que abusaba de las setas alucinógenas. Jane se decía a sí misma que algún día, cuando fuera artista, le harían un parque. ¿Por qué no?

Volviendo de su visita al parque, se encontró a Ben sentado en el banco que (curiosamente) había enfrente del bloque de pisos donde se alojaba.

– ¡Ben! ¿Qué haces aquí? ¡No te esperaba hasta el finde que viene!

– No sé si habría aguantado tanto… Hola, fea.

– Hola, estúpido.

Se abrazaron largamente. Se despegaron unos segundos para contemplarse el uno al otro, y se besaron como si hiciera semanas que no se veían. De hecho, las hacía.

 

Después de pasar un rato abrazados en el sofá de casa de Jane, los dos salieron a dar un paseo por Barcelona. Pasaron por la universidad donde Jane estudiaba arte.

-…Y aquí es donde me paso ahora la mayor parte del tiempo.- comentaba Jane.

-¡Es enorme!- Ben tenía cara de no haber visto nunca un campus.

Silencio.

– Jane…

– ¿Sí?

– ¿Eres feliz?

– Sí, Ben. Soy muy feliz. Verás como estos cuatro años pasan volando.

– ¿Y después qué? – Inquirió Ben, inseguro.

– ¿Después? Mmm… No lo había pensado. Podríamos irnos a Francia, donde montaré una galería de arte, y viviremos desahogadamente.

– Ya, y… ¿Qué pasará conmigo? ¿Viviría a tu costa? Jane, no quiero ser duro, pero no creo que te hayas parado mucho a pensar en “nosotros”.

– ¿Por qué dices eso? Sí que pienso en nosotros, es solo que… Aún no me lo he planteado… Ben, de aquí a que acabe los estudios pueden pasar muchas cosas… Además, acabo de empezar. Deja que todo siga su curso y no te agobies. Vive el momento, ¿vale? – Jane odiaba pensar en el futuro, prefería vivir sin saber qué iba a pasar.

– Bueno… Por esta vez. Pero habrá un futuro para los dos, y en algún momento tendremos que hablarlo… Te guste o no.

 

— Continuará —

 

¿Cómo queréis que siga la historia? Podéis dejarme vuestra sugerencias aquí abajo. Gracias por leerme, ¡nos vemos el próximo domingo!

 

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Ben y Jane – Primera Parte

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Hacía frío. Ben y Jane estaban sentados en el banco de siempre, comiendo pipas en silencio. La bufanda roja de Jane estaba llena de restos de cáscaras de pipa. Ben se volvió hacia ella, le dedicó una larga mirada y le sacudió la bufanda. Jane se sonrojó y le apartó la mano, para terminar ella misma con las sacudidas.

– Eres una gorrina – dijo Ben.
– Y tú un memo – replicó Jane. Y se echaron a reír los dos.

Se levantaron y siguieron comiendo pipas mientras caminaban. Esta vez, Jane se desenrolló la bufanda, dejándola caer a ambos lados del cuerpo, para evitar “gorrinerías”.

– ¿Qué vas a hacer al final? – preguntó Ben.
– Pff… Aún no lo sé. Necesito más tiempo para pensarlo. – Respondió Jane.
– Pero no te queda mucho más tiempo, Jane. En una semana tienes que presentar la solicitud, y un mes después…
– ¡Ya lo sé, Ben! Por favor, no me agobies más… Ojalá no tuviera que irme. Ojalá pudieras venir conmigo. Ojalá…
– Sshh… Lo siento. No quería agobiarte más de lo que ya estás. Perdona. Respira hondo y disfruta de lo poco que queda de otoño.
– Sí… El otoño. Gracias.

Jane tenía una semana para presentar su solicitud de admisión en la escuela de arte de Barcelona, si finalmente decidía ir. Lo tenía todo calculado: dónde se alojaría, qué especialidad escogería, dónde iría a comer los domingos… Pero Ben apareció de repente en su vida, como un soplo de aire fresco, y de pronto Jane ya no tenía tan claro querer marcharse… Sola.

– Ya verás como encontramos el modo de seguir adelante. – Seguía animándola Ben -. Siempre encuentras la forma de arreglarlo todo.
– Antes lo arreglaba todo sola, no necesitaba preocuparme por nadie. Ahora no sé cómo hacer para que los dos estemos bien. Ahora no sé cómo arreglarlo todo sin…
– ¡Eh! – interrumpió Ben.- Que no es el fin del mundo, solo te vas a Barcelona. Puedo ir a verte.
– Ben, son cuatro años… Si soporto estar allí sin ti, aunque vayas a verme… Es más fácil que te acabe olvidando. O eso, o me vuelvo.
– No seas tonta. No permitiré que desaproveches tu talento por mi culpa. Jane, tienes que ir. Llevas esperando este momento desde hace muchísimo, no puedes echarlo todo por tierra por habernos conocido. Nos veremos cuando podamos y listo. Y si en algún momento deja de funcionar, eso es porque quizá aún no es nuestro momento.
– Joder Ben, a veces parece que lo tienes tan asumido…
– Si sirve para que te tranquilices, entonces sí. Lo tengo asumido. Tengo asumido que, aunque la vida sin ti es un asco, prefiero que aproveches esta oportunidad. No quiero que te arrepientas de no haber ido durante el resto de tu vida.

Jane mira al suelo, pensativa y aliviada al mismo tiempo.

– Te quiero Ben.
– Yo más.

Ben siempre respondía eso cada vez que Jane le decía que le quería.

Y se fundieron en un mágico beso, tierno, dulce y auténtico. Un beso de adolescentes a punto de separarse por mucho tiempo. Un beso de despedida de esos de película. Un beso que Jane recordaría en el trayecto a Barcelona en el AVE, un mes después.

— Continuará —