Ben y Jane – Quinta Parte

 

Viernes. Las cinco de la tarde. El sol continúa estando alto. La oficina sumida en un incesante murmullo, teléfonos sonando sin parar.

Riiiing…. Riiiing…

– Emergencias, le atiende Lourdes. ¿En qué puedo ayudarle?

– Hola… Necesito… Una ambulancia… Corran…

– Cálmese, señor. ¿Dónde se encuentra?

– En la carretera… Hay mucha… ¡SANGRE!… Por favor, ¡¡tienen que ayudarla!!

– Señor, tranquilícese. Si no me indica una dirección exacta, no puedo ayudarle.

– Universidad… En la Universidad de Barcelona… Cerca… Balmes. Carrer de Balmes. Calle… ¡¿Pueden venir ya, por favor?! Se desangra…

– De acuerdo, le envío una ambulancia a la calle Balmes. ¿Altura?

– Joder, altura… ¡¡La Universidad!! Eeeh… El.. Disculpe, ¿qué altura de la calle es esta? El cruce… Claro. Sí.  ¿Señorita? En el cruce con la GRAN VÍA. Gran Via de les Corts Catalanes.

– Perfecto, no se mueva de ahí, enseguida llegará la ambulancia.

– Vale… Adiós.

 

Ben era presa de la desesperación. Un amasijo de nervios, miedo, impotencia, culpa… No sabía qué hacer. El conductor del coche que había atropellado a Jane se había ido sin dejar rastro. Bueno, un rastro sí dejó. La sangre de Jane esparcida por el pavimento.

– Jane, ¿me oyes? Quédate conmigo, por favor. ¡¡NO TE VAYAS!! Por favor, ¡¡sigue conmigo!!

Jane estaba empezando a palidecer severamente. Respiraba con dificultad, había perdido mucha sangre… Y tenía magulladuras por todas partes.

Había intentado volver. Quería disculparse con Ben, se había portado de forma ¡TAN infantil! No quería atarse tan pronto, pero tampoco era para ponerse así… ¿En qué estaba pensando? Después de darse cuenta, intentó localizarlo, pero ya no le veía. Salió corriendo en dirección a la estación, pero no llegó muy lejos. No miró antes de cruzar, el semáforo estaba rojo y… Al coche no le dio tiempo a frenar. Dio dos volteretas antes de caer al suelo. Se llevó todo el impacto en el lado izquierdo, seguro que tenía dos o tres costillas rotas… Y el bazo destrozado. El conductor, presa del pánico por ser inmigrante sin papeles, ni siquiera miró atrás.

– Jane… – Ben la miraba implorando que sobreviviera. No sabría qué hacer sin ella.

Llega la ambulancia. Un grupo de gente baja con una camilla, equipos de reanimación, mascarillas de oxígeno…

– Aparte, señor. ¿Es ella la herida?

– Sí… Claro… ¡¿Ve más heridos por aquí?! – Ben estaba que no cabía en sí de ira.

– Señor, está en shock. Apártese, por favor. Vamos a trasladar a su amiga al hospital. Haremos lo que podamos.

– Me da igual lo que tengan que hacerle. Cúrenla, por favor. ¡Devuélvanmela!

– Señor, lo intentaremos. ¿Es familiar suyo? ¿Cómo se llama?

– Se llama Jane… Jane Conwell- Como le preguntaran su segundo nombre lo llevaba claro… No lo sabía. – Es… Es mi novia.

– No sois de aquí, ¿verdad? – el conductor de la ambulancia se compadecía del chico. Quería ayudarle.

– No… Ella nació en Florida, aunque ha estado toda la vida en Madrid. Sus padres se mudaron cuando ella era muy pequeña. Yo soy de Madrid, nos conocimos en clase de alemán.

– ¿Sabes si sus padres están allí?

– No… Pero puedo intentar llamarles. Cogeré el móvil de Jane.

– Bien. Y tú… ¿Cómo te llamas?

– Ben.

– De acuerdo, Ben. Monta en la ambulancia, vendrás con ella. Llama a sus padres de camino. Intenta que no se alarmen demasiado.

– Pfff… Sí… Ya… Gracias, señor. Disculpe que les gritara… Antes. Estoy muy nervioso… Y desesperado. Quiero que viva – decía Ben mientras se sentaba.

– Por supuesto que sí, es comprensible. Haremos lo que podamos. El hospital está cerca, y hay muy buenos médicos – el conductor era un hombre verdaderamente optimista.

– Espero que todo salga bien – Ben, pasado el momento adrenalina, se derrumbó. Cogió su rostro entre sus manos, apoyó los codos en sus rodillas, y se deshizo en lágrimas.

Al rato, cogió el móvil de Jane. Contactos… Dad… Llamar.

– ¿Sí?

– ¿Señor Conwell? Soy Ben, el… el novio de Jane. Esto… Verá…

– ¿Está bien Jane? ¡¿Se encuentra bien?!

– No, señor. Jane ha … sufrido un accidente. Tienen que venir a Barcelona. Cuando sepa más, les volveré a llamar.

– ¡Dios mío! No puede ser, ¡hablé con ella esta misma mañana! ¡Clarice! Coge tus cosas, nos vamos a Barcelona. Eh… Gracias, muchacho. Ben, ¿verdad? Saldremos para allá en el primer vuelo. Infórmanos, por favor.¡Clarice! – Y colgó.

Ben suspiró y volvió a derrumbarse. Esta vez, hasta que llegaron al hospital.

 

— Continuará—

 

121102_Urgencies

Ben y Jane – Cuarta Parte

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Ben caminaba pesaroso hacia la estación. Cansado de esperar a que Jane se decidiera a hablarle, emprendió la marcha hacia el tren para volverse a Madrid. Se preguntaba por qué había salido de allí, y agradecía haber caído en coger su mochila cuando salieron. Si no lo hubiera hecho tendría que haber vuelto con Jane, y habría sido peor.

En el camino se cruzó con una gitana que le ofreció leerle la buenaventura a cambio de algo de comer para su nieto. Ben, conmovido, le ofreció uno de los bocadillos que llevaba en la mochila, y le dijo a la gitana que no hacía falta que le leyera nada (Ben siempre había sido muy escéptico).

– Déjame que lo haga, anda. Me has caído bien – decía la gitana.

– En serio, no es necesario. Creo que el futuro se lo labra cada uno, con sus propias decisiones.

– Ah, pero veo algo de tu compañera también…

Eso despertó curiosidad, o morbo, o… Algo en Ben. Quería saber lo que la gitana iba a decirle, aunque luego no la creyera.

– Va, dime.

– Gracias. Eres mejor persona de lo que quieres hacer creer a la gente – le dijo la gitana, agradecida.

– Ahórratelo, cuéntame qué ves.

– Veamos… Veo un coche… Veo dolor…confusión… Alguien sale corriendo. Veo una chica en el suelo, en la carretera. ¿Tu novia lleva unas zapatillas azules?

Ben palideció de inmediato. No creyó que las palabras de la gitana le provocaran tal angustia. No quería creerla, él no creía en esas cosas. Por el amor de Dios, ¡era una impostora! Sin embargo, de alguna forma, Ben supo que algo iba mal. No sabía realmente qué, pero sentía que pasaba algo, y se temía lo peor. Y lo de las zapatillas… Demasiada casualidad. Deseó no haberle dicho aquello… Maldita sea, ¡si fue una gilipollez! ¡Una frase sacada de contexto! ¿Cómo podía semejante chorrada desencadenar todo esto?

Ben dio las gracias y el bocadillo a la gitana, y se fue corriendo de vuelta a la universidad. Con suerte Jane seguiría en el mismo sitio en el que la dejó… O eso esperaba.

Con el corazón a mil por hora y sin aliento, miró alrededor, buscándola. ¡No estaba! La llamó. No respondía, saltaba el contestador. La angustia y el pánico se apoderaban de él. Volvió a mirar, escrutando concienzudamente los lugares en los que podía estar. Cada arbusto, cada rincón. Se encaramó a un saliente que había rodeando a una de las farolas del patio, con la esperanza de que desde más alto pudiera ver algo que se le hubiera escapado. Buscó, buscó y siguió buscando, al tiempo que la llamaba. La desesperación se volvió insoportable.

Y de repente, en una de las llamadas, poniendo mucha atención, consiguió oir vibrar su móvil. Se giró en la dirección de la que provenía el zumbido, cerca de la carretera. Conforme se acercaba, su ansiedad crecía más y más. Hasta que vio sus zapatillas. Entonces, presa del pánico, echó a correr, mientras llamaba a emergencias.

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