Ben y Jane – Cuarta Parte

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Ben caminaba pesaroso hacia la estación. Cansado de esperar a que Jane se decidiera a hablarle, emprendió la marcha hacia el tren para volverse a Madrid. Se preguntaba por qué había salido de allí, y agradecía haber caído en coger su mochila cuando salieron. Si no lo hubiera hecho tendría que haber vuelto con Jane, y habría sido peor.

En el camino se cruzó con una gitana que le ofreció leerle la buenaventura a cambio de algo de comer para su nieto. Ben, conmovido, le ofreció uno de los bocadillos que llevaba en la mochila, y le dijo a la gitana que no hacía falta que le leyera nada (Ben siempre había sido muy escéptico).

– Déjame que lo haga, anda. Me has caído bien – decía la gitana.

– En serio, no es necesario. Creo que el futuro se lo labra cada uno, con sus propias decisiones.

– Ah, pero veo algo de tu compañera también…

Eso despertó curiosidad, o morbo, o… Algo en Ben. Quería saber lo que la gitana iba a decirle, aunque luego no la creyera.

– Va, dime.

– Gracias. Eres mejor persona de lo que quieres hacer creer a la gente – le dijo la gitana, agradecida.

– Ahórratelo, cuéntame qué ves.

– Veamos… Veo un coche… Veo dolor…confusión… Alguien sale corriendo. Veo una chica en el suelo, en la carretera. ¿Tu novia lleva unas zapatillas azules?

Ben palideció de inmediato. No creyó que las palabras de la gitana le provocaran tal angustia. No quería creerla, él no creía en esas cosas. Por el amor de Dios, ¡era una impostora! Sin embargo, de alguna forma, Ben supo que algo iba mal. No sabía realmente qué, pero sentía que pasaba algo, y se temía lo peor. Y lo de las zapatillas… Demasiada casualidad. Deseó no haberle dicho aquello… Maldita sea, ¡si fue una gilipollez! ¡Una frase sacada de contexto! ¿Cómo podía semejante chorrada desencadenar todo esto?

Ben dio las gracias y el bocadillo a la gitana, y se fue corriendo de vuelta a la universidad. Con suerte Jane seguiría en el mismo sitio en el que la dejó… O eso esperaba.

Con el corazón a mil por hora y sin aliento, miró alrededor, buscándola. ¡No estaba! La llamó. No respondía, saltaba el contestador. La angustia y el pánico se apoderaban de él. Volvió a mirar, escrutando concienzudamente los lugares en los que podía estar. Cada arbusto, cada rincón. Se encaramó a un saliente que había rodeando a una de las farolas del patio, con la esperanza de que desde más alto pudiera ver algo que se le hubiera escapado. Buscó, buscó y siguió buscando, al tiempo que la llamaba. La desesperación se volvió insoportable.

Y de repente, en una de las llamadas, poniendo mucha atención, consiguió oir vibrar su móvil. Se giró en la dirección de la que provenía el zumbido, cerca de la carretera. Conforme se acercaba, su ansiedad crecía más y más. Hasta que vio sus zapatillas. Entonces, presa del pánico, echó a correr, mientras llamaba a emergencias.

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