Ben y Jane – Séptima parte

La espera

 

Mientras Ben estaba tomándose el café, pensaba en cómo había sucedido todo, en lo absurdo y desconcertante que le parecía lo que estaba viviendo.

Recordaba cómo había conocido a Jane, hacía poco más de un año. Por aquel entonces los dos vivían en Madrid. Ben había decidido apuntarse a alemán porque llevaba mucho tiempo sin encontrar trabajo, a pesar de su formación como ingeniero aeronáutico, y se había planteado la posibilidad de emigrar a tierras de la Merkel.

En clase, él iba a lo suyo. Lo único que quería era aprender el idioma cuanto antes para poder largarse de España. Su padre había muerto cuando era pequeño, y la relación con su madre estaba algo deteriorada; no tenía nada que le atara a quedarse, por lo que su intención era marcharse a Munich o alrededores en busca de trabajo y quizá quedarse para siempre.

Pero entonces apareció Jane. La primera vez que la vio le pareció que era la perroflauta más guapa que había visto. No era espectacular, ni un pibón, pero a Ben le pareció de lo más encantadora. Sus ojos verdes, su pelo castaño recogido en un moño a medio hacer y atado desordenadamente con un pañuelo naranja, sus pantalones de ‘Aladdín’… Por azares del destino, se tuvieron que sentar juntos en clase. Empezaron a hablar, a conocerse, a reírse de las mismas cosas… Más tarde empezaron las miradas, los coqueteos, los ich liebe dich dichos en broma, pero que algo de verdad encerraban… Y acabaron siendo inseparables. Es cierto que un año no era mucho tiempo (para la mayoría de la gente), pero tenían una química, una complicidad y una sincronización perfectas cuando estaban juntos;  estaban convencidos de que eran almas gemelas. Se complementaban, encajaban como en un puzle. Y se querían. Se querían tanto que hasta dolía. No imaginaban la vida sin el otro.

 

Una enfermera pasó con el carro de las comidas, distrayendo a Ben de sus pensamientos y devolviéndolo al mundo real.

– Qué largo se me está haciendo… ¿Cuánto más puede tardar en despertarse?

– Tengo entendido que normalmente te despiertas en dos horas… Aunque puedes tardar más – Adrián, amigo común de Ben y Jane, se había sentado frente a Ben – ¿Estás bien?

– Sí, tranqui. El café me ha venido bien. Joder, espero que se despierte pronto. Y que no tenga secuelas.

– Ya verás como todo sale bien. Jane es fuerte. Ten fe, tío.

– Sí, fe… A ver si sirve de algo.

 

Clarice, la madre de Jane, apareció corriendo destartalada por el pasillo.

– ¡Chicos! ¡Ha abierto los ojos! ¡Está despierta!

Si el hospital hubiera estado a oscuras, la cara de Ben habría servido para iluminar, al menos, toda la planta. ¿De verdad serviría eso de tener fe?

— Continuará —

 

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