Ben y Jane – Octava Parte

– ¿Dó… Dónde estoy?  Au… Me duele…

Clarice y Ben se miraron asombrados y felices. No parecía haber secuelas, al menos en el habla.

– Jane, hija mía… Cariño, estás en el hospital. Tuviste un accidente… ¿lo recuerdas?

Jane estaba todavía medio grogui por la anestesia, las imágenes en su mente eran borrosas. Aunque el dolor le recordaba que sí, que algo le había pasado.

– Mmm… Creo que… El coche no frenó… ¡Ben! ¿Dónde…? – Le buscó con la mirada, le encontró y se sonrieron.

– Hola, cabezota – Ben no podía contener la emoción, y se le escapó alguna lagrimilla al ver que Jane estaba bien.

– ¡Mi Bennie! Lo siento, lo siento, lo siento… – Ben se había acercado a la cama y Jane le besaba el dorso de la mano repetidamente, con cada “lo siento”.

– Eh, eh, tranquila. No tienes que preocuparte por eso ahora. Te has llevado un buen golpe, pensamos que te ibas a quedar más tonta todavía… – Ben sacó la lengua y Jane dejó de besarle la mano y le pegó un puñetazo en el brazo.

– Mamá, ¿cómo habéis venido? ¿Está daddy? ¿Cuánto llevo aquí?

– Jane, cariño, tu padre y yo hemos venido en el primer vuelo. Llevas aquí algo más de dos días. Estamos muy felices de que estés bien.

En ese momento entró en la habitación el médico, para reconocer a Jane. Le evaluó la respuesta ocular, le auscultó el pecho, le revisó las grapas… Todo parecía en orden.

– Bueno, parece que te quieren bien ahí arriba. Todo está normal, Jane. Deberíamos de poder darte el alta mañana. Vamos a repetirte unas pruebas por si acaso, pero parece que todo está perfectamente – dijo el médico.

– Bueno, perfectamente… Me duele – miró a Ben, cómplice.

– Anda, quejica, para lo que te podría haber pasado… -Ben le siguió el juego.

– Voy a salir para que puedan ir pasando el resto – dijo Clarice, siempre pendiente de todo y de todos.

– ¿El resto? ¿Pero cuánta gente ha venido a verme? – se sorprendió Jane.

– Ahora lo verás… Vas a tener tiempo de verles a todos – Clarice dio un beso en la frente a su hija y salió de la habitación.

Las siguientes dos horas transcurrieron muy rápido en comparación con cómo se habían hecho eternas en los días anteriores. Amigos, conocidos y familiares se acercaron a ver cómo se encontraba Jane, y muchos de ellos, de paso, saludaban a Ben. Pasaron el día repitiendo lo mismo una y otra vez: “Jane salió corriendo detrás de Ben, no miró al cruzar, el semáforo estaba rojo, el conductor se dio a la fuga, tenía dos costillas rotas, una perforación en el bazo, perdió mucha sangre, menos mal que Ben le dio la suya, la operación fue bien, pensábamos que se iba a quedar mal”… Por suerte todo volvía a la normalidad. Rieron, recordaron anécdotas pasadas… Solo había sido un susto. Una prueba de fe, y al parecer Ben y Jane la habían pasado con matrícula de honor.

Cuando casi todos se marcharon a sus casas y los padres de Jane fueron a la cafetería a comer algo para cenar, Ben y Jane por fin se quedaron a solas.

– Llevo todo el día deseando que nos quedemos solos para decírtelo… – Ben estaba nervioso y feliz al mismo tiempo.

– ¡Lo siento tanto, Ben! No debí darle tanta importancia… Si no hubiera sido tan dramática nada de esto habría pasado. Lamento mucho el mal rato que te he hecho pasar – Jane se culpabilizaba de todo lo ocurrido.

– Cielo, no debes pensar así. Yo también te presioné sin darme cuenta, pero no pensemos en ello ahora. Lo que llevo todo el día queriendo decirte es que te quiero demasiado como para permitir que nada ni nadie me separe de ti. Y que tienes razón, más de lo que piensas. Creo firmemente que esta experiencia nos ha unido aún más si cabe, y que nos ha enseñado que en cualquier momento puede no haber un futuro, así que no debemos preocuparnos por el mañana. Solo por el hoy, por el ahora. Te quiero Jane.

– Ben… La próxima vez no pienso dejar que me atropelle un coche para que me des la razón – Jane sonreía feliz. Quería a Ben más que nunca- . Yo también te quiero.

FIN

 

 

 

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Ben y Jane – Séptima parte

La espera

 

Mientras Ben estaba tomándose el café, pensaba en cómo había sucedido todo, en lo absurdo y desconcertante que le parecía lo que estaba viviendo.

Recordaba cómo había conocido a Jane, hacía poco más de un año. Por aquel entonces los dos vivían en Madrid. Ben había decidido apuntarse a alemán porque llevaba mucho tiempo sin encontrar trabajo, a pesar de su formación como ingeniero aeronáutico, y se había planteado la posibilidad de emigrar a tierras de la Merkel.

En clase, él iba a lo suyo. Lo único que quería era aprender el idioma cuanto antes para poder largarse de España. Su padre había muerto cuando era pequeño, y la relación con su madre estaba algo deteriorada; no tenía nada que le atara a quedarse, por lo que su intención era marcharse a Munich o alrededores en busca de trabajo y quizá quedarse para siempre.

Pero entonces apareció Jane. La primera vez que la vio le pareció que era la perroflauta más guapa que había visto. No era espectacular, ni un pibón, pero a Ben le pareció de lo más encantadora. Sus ojos verdes, su pelo castaño recogido en un moño a medio hacer y atado desordenadamente con un pañuelo naranja, sus pantalones de ‘Aladdín’… Por azares del destino, se tuvieron que sentar juntos en clase. Empezaron a hablar, a conocerse, a reírse de las mismas cosas… Más tarde empezaron las miradas, los coqueteos, los ich liebe dich dichos en broma, pero que algo de verdad encerraban… Y acabaron siendo inseparables. Es cierto que un año no era mucho tiempo (para la mayoría de la gente), pero tenían una química, una complicidad y una sincronización perfectas cuando estaban juntos;  estaban convencidos de que eran almas gemelas. Se complementaban, encajaban como en un puzle. Y se querían. Se querían tanto que hasta dolía. No imaginaban la vida sin el otro.

 

Una enfermera pasó con el carro de las comidas, distrayendo a Ben de sus pensamientos y devolviéndolo al mundo real.

– Qué largo se me está haciendo… ¿Cuánto más puede tardar en despertarse?

– Tengo entendido que normalmente te despiertas en dos horas… Aunque puedes tardar más – Adrián, amigo común de Ben y Jane, se había sentado frente a Ben – ¿Estás bien?

– Sí, tranqui. El café me ha venido bien. Joder, espero que se despierte pronto. Y que no tenga secuelas.

– Ya verás como todo sale bien. Jane es fuerte. Ten fe, tío.

– Sí, fe… A ver si sirve de algo.

 

Clarice, la madre de Jane, apareció corriendo destartalada por el pasillo.

– ¡Chicos! ¡Ha abierto los ojos! ¡Está despierta!

Si el hospital hubiera estado a oscuras, la cara de Ben habría servido para iluminar, al menos, toda la planta. ¿De verdad serviría eso de tener fe?

— Continuará —

 

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