Ben y Jane – Sexta Parte

En el hospital

El cirujano se dirigió a Ben. Los padres de Jane aún no habían llegado, y por el momento no había nadie más.

– Ha perdido mucha sangre. Tiene dos costillas rotas, y una de ellas le ha perforado parte del bazo. Intentaremos solucionarlo, por suerte la lesión no es muy grande. Tenemos que actuar rápido para salvarla, esa lesión le causa la hemorragia tan grande que tiene, y tenemos que pararla. ¿Qué tipo sanguíneo eres?

– ¡Menos mal, hay algo que puedo hacer! Soy 0 negativo, y donante desde hace dos años.

– Sí, es una suerte. Ve con la enfermera, te llevará a la sala de donaciones. Come algo cuando termines. Haremos todo lo que podamos para salvar a tu novia.

– Eso espero. Devuélvanmela, por favor.

La espera se hizo eterna. Ben donó toda la sangre que le dejaron, comió lo que le cupo en el estómago, avisó a sus padres de que no iba a estar en Madrid tan pronto como había planeado… Estuvo hablando con amigos comunes de Jane y de él, para comentarles lo sucedido. Algunos de ellos fueron al hospital para ver cómo estaba.

Llegaron también los padres de Jane, asustados, conmocionados, haciendo mil preguntas. Ben repetía una y otra vez, a cada persona que le preguntaba, lo que le había dicho el médico: “Ha perdido mucha sangre… Tiene un par de costillas rotas y una fisura en el bazo… La están operando… La atropelló un coche… No lo sé, yo no estaba…”.

Llegó un punto en el que le pareció estar viéndolo todo desde fuera, como espectador. Como si estuviera recitando un guión y ya ni siquiera lo pensara.

Tras larguísimas horas (Ben había perdido ya la cuenta) salió de nuevo el cirujano, esta vez dirigiéndose también a las nuevas caras.

– Hemos podido contener la hemorragia. La lesión del bazo era menor de lo que creíamos, así que hemos podido repararla con relativa facilidad. Hemos tenido que quitarle a Jane una de las costillas, estaba muy fracturada y algunos trozos de hueso podrían desprenderse y causar más daños. Pero no es grave, y la otra costilla no estaba apenas fracturada, así que hemos podido dejarla completamente estable.

– ¿Estable? Eso es bueno, ¿no?

– Sí, es bueno. Gracias a ti hemos podido transfundirle la sangre que necesitaba. Has sido de gran ayuda – sin embargo la cara del cirujano no era de total alivio como Ben esperaba.

– ¿Hay más? – El resto empezaban a ponerse nerviosos.

– ¡¿Qué más le pasa a mi hija?! – Intervino la madre de Jane.

– Aunque hayamos podido transfundirle mucha sangre, perdió bastante y durante algún tiempo, le faltó oxígeno al cerebro. Puede que haya secuelas, no lo sabemos. Hay que esperar a que despierte para valorar los daños.

– Está diciendo que puede que tenga… ¿Daños cerebrales? – el padre de Jane estaba conmocionado.

– No tiene por qué, pero… Hay probabilidades. Como ya les he dicho, hay que esperar a que despierte.

– No me lo puedo creer. No… Jane… ¡Mierda! Hay… ¿Hay algo que se pueda hacer? – Ben estaba a punto de derrumbarse. Primero alivio y después…

– De momento vamos a esperar, ¿vale? Vamos a ver cómo evoluciona. Les recomiendo descanso. Les avisaremos en cuanto despierte.

– Yo me quedo. No pienso irme a ninguna parte.

– Ben, llevas aquí todo el día, te vendrá bien dormir. – a pesar del poco tiempo que hacía que se conocían, la madre de Jane tenía cariño a Ben.

– No, me quedo. Ya descansaré luego. Además, no quiero ir al apartamento sin ella.

– Entiendo. Voy a por un café, te vendrá bien.

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— Continuará…–

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Ben y Jane – Cuarta Parte

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Ben caminaba pesaroso hacia la estación. Cansado de esperar a que Jane se decidiera a hablarle, emprendió la marcha hacia el tren para volverse a Madrid. Se preguntaba por qué había salido de allí, y agradecía haber caído en coger su mochila cuando salieron. Si no lo hubiera hecho tendría que haber vuelto con Jane, y habría sido peor.

En el camino se cruzó con una gitana que le ofreció leerle la buenaventura a cambio de algo de comer para su nieto. Ben, conmovido, le ofreció uno de los bocadillos que llevaba en la mochila, y le dijo a la gitana que no hacía falta que le leyera nada (Ben siempre había sido muy escéptico).

– Déjame que lo haga, anda. Me has caído bien – decía la gitana.

– En serio, no es necesario. Creo que el futuro se lo labra cada uno, con sus propias decisiones.

– Ah, pero veo algo de tu compañera también…

Eso despertó curiosidad, o morbo, o… Algo en Ben. Quería saber lo que la gitana iba a decirle, aunque luego no la creyera.

– Va, dime.

– Gracias. Eres mejor persona de lo que quieres hacer creer a la gente – le dijo la gitana, agradecida.

– Ahórratelo, cuéntame qué ves.

– Veamos… Veo un coche… Veo dolor…confusión… Alguien sale corriendo. Veo una chica en el suelo, en la carretera. ¿Tu novia lleva unas zapatillas azules?

Ben palideció de inmediato. No creyó que las palabras de la gitana le provocaran tal angustia. No quería creerla, él no creía en esas cosas. Por el amor de Dios, ¡era una impostora! Sin embargo, de alguna forma, Ben supo que algo iba mal. No sabía realmente qué, pero sentía que pasaba algo, y se temía lo peor. Y lo de las zapatillas… Demasiada casualidad. Deseó no haberle dicho aquello… Maldita sea, ¡si fue una gilipollez! ¡Una frase sacada de contexto! ¿Cómo podía semejante chorrada desencadenar todo esto?

Ben dio las gracias y el bocadillo a la gitana, y se fue corriendo de vuelta a la universidad. Con suerte Jane seguiría en el mismo sitio en el que la dejó… O eso esperaba.

Con el corazón a mil por hora y sin aliento, miró alrededor, buscándola. ¡No estaba! La llamó. No respondía, saltaba el contestador. La angustia y el pánico se apoderaban de él. Volvió a mirar, escrutando concienzudamente los lugares en los que podía estar. Cada arbusto, cada rincón. Se encaramó a un saliente que había rodeando a una de las farolas del patio, con la esperanza de que desde más alto pudiera ver algo que se le hubiera escapado. Buscó, buscó y siguió buscando, al tiempo que la llamaba. La desesperación se volvió insoportable.

Y de repente, en una de las llamadas, poniendo mucha atención, consiguió oir vibrar su móvil. Se giró en la dirección de la que provenía el zumbido, cerca de la carretera. Conforme se acercaba, su ansiedad crecía más y más. Hasta que vio sus zapatillas. Entonces, presa del pánico, echó a correr, mientras llamaba a emergencias.

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Ben y Jane – Tercera Parte

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Tras la pequeña “diferencia de opiniones”, Jane sintió que algo dentro de ella se helaba. Como si una parte de ese amor incondicional que sentía por Ben, se congelase al escuchar las palabras “te guste o no”. Denotaba posesión por parte de Ben, y no le daba buena espina.

Jane era un alma libre. Odiaba pensar en el futuro, las imposiciones, sentirse atada u oprimida. Era impulsiva, quizá demasiado, pero no iba a cambiar por nada del mundo. Y ese comentario de Ben, ese “te guste o no”, le había hecho sentirse agobiada. Y vulnerable. Y no le gustaba nada esa sensación. Un sentimiento de congoja se instauró en su corazón, oprimiéndole el pecho e impidiéndole respirar con normalidad.

– ¿Estás bien? – preguntó Ben, preocupado, al ver que el rostro de Jane estaba algo congestionado.

– Sí… Bueno, en realidad, no. No me siento cómoda contigo ahora mismo. – Jane no podía, ni quería, ocultar su malestar.

– ¿Pero qué…? ¡Vamos! – Ben no daba crédito a la reacción de Jane – Solo estoy diciendo que … Bueno, alguna vez habrá que plantearse qué vamos a hacer con nuestras vidas. No he pretendido incomodarte ni ofenderte en ningún momento. Lo siento, Jane.

Pero a Jane ya se le había helado algo por dentro…

– No sé, Ben. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Un año, si es que llega? Y ya me estás diciendo lo que tengo que hacer, me estás agobiando con el futuro, y con el “nosotros”, y… No sé si estoy preparada para esto. No sé si quiero que cuando llevemos juntos más tiempo, este tipo de cosas se conviertan en habituales. No quiero vivir agobiada por el futuro. Ni tener que saber lo que voy a hacer dentro de dos, cuatro o los años que sea. Déjame espacio, Ben. Te lo pido por favor.

Ben se quedó de piedra. Nunca habría imaginado que ese comentario fuera capaz de desencadenar tal paranoia en Jane. ¿”Déjame espacio”? Estaba alucinando. Simplemente alucinando.

– Como quieras, Jane. No quiero agobiarte. No quiero que esto termine… Te quiero. Y quiero lo mejor para ti. Quédate con eso.

Ben se alejó sin saber muy bien qué hacer, si volver al piso de Jane, permanecer a la deriva, o ir hacia la estación y pedir un billete de vuelta a Madrid.

Jane, por su parte, estaba hecha un mar de dudas. Quería a Ben, pero no le gustaba un pelo ese atisbo de ser posesivo que había visto en él, ya no le veía con los mismos ojos… Quizá el espacio le hiciera ver las cosas con más claridad. Quizá se diera cuenta de que había exagerado, de que no era para tanto, y de que quedaría todo en una anécdota que recordarían cuando fueran viejos.

 

Ben

— Continuará —

 

¿Cómo quieres que continúe la historia? Puedes dejar tus comentarios aquí abajo. ¡Nos vemos el domingo que viene!

 

Ben y Jane – Segunda Parte

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En Barcelona

Jane había salido a visitar el Parc Güell. Era una de las obras de Gaudí que más le gustaban, porque no se trataba de “un cuadro” o de “una escultura”. Sus obras estaban repartidas por todo el parque. Un parque entero dedicado a un señor que abusaba de las setas alucinógenas. Jane se decía a sí misma que algún día, cuando fuera artista, le harían un parque. ¿Por qué no?

Volviendo de su visita al parque, se encontró a Ben sentado en el banco que (curiosamente) había enfrente del bloque de pisos donde se alojaba.

– ¡Ben! ¿Qué haces aquí? ¡No te esperaba hasta el finde que viene!

– No sé si habría aguantado tanto… Hola, fea.

– Hola, estúpido.

Se abrazaron largamente. Se despegaron unos segundos para contemplarse el uno al otro, y se besaron como si hiciera semanas que no se veían. De hecho, las hacía.

 

Después de pasar un rato abrazados en el sofá de casa de Jane, los dos salieron a dar un paseo por Barcelona. Pasaron por la universidad donde Jane estudiaba arte.

-…Y aquí es donde me paso ahora la mayor parte del tiempo.- comentaba Jane.

-¡Es enorme!- Ben tenía cara de no haber visto nunca un campus.

Silencio.

– Jane…

– ¿Sí?

– ¿Eres feliz?

– Sí, Ben. Soy muy feliz. Verás como estos cuatro años pasan volando.

– ¿Y después qué? – Inquirió Ben, inseguro.

– ¿Después? Mmm… No lo había pensado. Podríamos irnos a Francia, donde montaré una galería de arte, y viviremos desahogadamente.

– Ya, y… ¿Qué pasará conmigo? ¿Viviría a tu costa? Jane, no quiero ser duro, pero no creo que te hayas parado mucho a pensar en “nosotros”.

– ¿Por qué dices eso? Sí que pienso en nosotros, es solo que… Aún no me lo he planteado… Ben, de aquí a que acabe los estudios pueden pasar muchas cosas… Además, acabo de empezar. Deja que todo siga su curso y no te agobies. Vive el momento, ¿vale? – Jane odiaba pensar en el futuro, prefería vivir sin saber qué iba a pasar.

– Bueno… Por esta vez. Pero habrá un futuro para los dos, y en algún momento tendremos que hablarlo… Te guste o no.

 

— Continuará —

 

¿Cómo queréis que siga la historia? Podéis dejarme vuestra sugerencias aquí abajo. Gracias por leerme, ¡nos vemos el próximo domingo!

 

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